Creo recordar que yo tenía 18 años cuando llamé a Blas a su casa de Cañete para preguntar por su padre. Fue la primera vez que un amigo me decía que su padre había muerto. De esos duros días, de las visitas que hicimos a Cañete, de las tardes de paseo por el pueblo, con la gente mirando de reojo, mantengo unos de los recuerdos más vivos de mi juventud. Porque fueron los meses en que se forjó una de mis mejores amistades.

Por entonces yo ni siquiera era un proyecto de ingeniero agrónomo, pero pocos años después pasearíamos el campo de Cañete, sus olivos y su tierra calma, midiendo con el todolito para afinar las declaraciones de cultivos acompañados por Antonio y su amabilidad de hombre bueno de campo. Hace ya tiempo que Blas no me necesita para eso. Supongo que ahora medirá las parcelas con el móvil, en lugar de con todos aquellos aparatejos con baterías de vida pequeñísima, que nos dejaban tirados a la primera de cambio.

Esta semana he vuelto con Blas y con Ricardo López Sáez a Cañete. Por el campo, los olivos, el trigo y las pipas parece no haber pasado el tiempo, pero en nuestros pensamientos hay nuevos proyectos de innovación y de cambio, como no los ha habido en los últimos 30 años. No sé en qué quedarán los proyectos, pero pasar una mañana de campo con Blas y en su Molino Las Tinajas, visitando las calles en flor de Cañete, tan espectaculares en estas fechas, ha sido una vuelta a mi juventud que me ha dejado con buen ánimo para el resto de la semana.

R.A.