Sembrando trigo blando antes de las lluvias

Nada más agradable que escribir el blog escuchando la lluvia en los cristales. Seré optimista, pero ahora que el campo ya estaba mojado tras las lluvias del otoño, una semana seguida de agua va a empezar a llenar los embalses. Y va a permitir tener al menos tanta agua embalsada como al principio de la campaña pasada. Eso nos ha dado a muchos para rematar la cosecha del año. 

Optimista, sí. Pero es la manera de proyectar, de tirar para adelante. Con las reformas que nos llegan al campo, es la única manera. Tenemos que seguir trabajando duro como siempre, pero defendiendo nuestra profesión como nunca. 

Siempre se vio en el agricultor a una buena persona. Dedicada a sacar lo mejor de sus tierras. Con un trabajo duro. Pocos días de descanso. Con dedicación plena. Y como buena gente del campo. 

Sin embargo, desde hace un tiempo, el agricultor corre el peligro de que se le etiquete desde el desconocimiento. Por querer utilizar herramientas que la ciencia ha puesto al alcance del hombre como la mecanización o la razonable utilización de productos fitosanitarios, se le tacha de poco respetuoso con el medio ambiente. 

La agricultura bien gestionada es sostenible.

No es verdad. Hay que decirlo con rotundidad. La agricultura bien gestionada es sostenible. Respetando dosis, momentos, con fertilización razonable, contratando personal que cobre un salario justo. Haciendo bien las cosas. Sin derrochar. El agricultor es el primer interesado. 

Cada vez se lo ponen más difícil. Cada ver se necesita un mayor acompañamiento por parte de los técnicos. Pero la agricultura convencional bien gestionada, bien controlada con el Cuaderno Digital de Explotación, es la que mejor produce alimentos, respeta el medio ambiente, da puestos de trabajo y mantiene el tejido social. 

No nos dejemos cegar por el todo ecológico. Es una opción más. Pero no es la solución para todo.