En todos los manuales de autoayuda y similares advierten de que estas fechas son peligrosas para el ánimo, un poquito depresivas. Me da a mi que los que escriben esas cosas no están muy en contacto con el campo.

Después de un verano con tres olas de calor y sin una gota de agua ha llegado el otoño con tres días de lluvia suave, intensa y oportuna que han dejado el campo saturado. Acompañados de días frescos, los naranjos han respirado, han brotado, se han puesto más anchos. Las calles entre árboles se han llenado de hierba en sólo una semana y las naranjas y aceitunas han engordado a ojos vista.

Han sido también un respiro para los que nos preocupamos por los naranjos. Hemos podido hacer una pausa en los riegos de al menos quince días, los árboles han podido tomar los nutrientes de la parte del suelo que no estaba disponible en el verano y las plagas de arañas y otros enemigos parece que comienzan a remitir con el agua y el frío de la noche.
Y sobre todo nos deja la esperanza de que este año venga cargado de agua. No pedimos la barbaridad de lluvia que cayó hace dos y tres años, pero al menos que sea una año normalito, que aumente el agua embalsada y que nos haga ver el futuro con más optimismo, que falta nos hace.
Por todo esto recomiendo a quien el otoño le ponga triste que salga cuando pueda a dar una vuelta por la sierra o por la campiña, que mire a su alrededor, que respire los nuevos aromas que trae el otoño y que se deje contagiar por el optimismo que nos trae la naturaleza.