La montaña de almendra recién cosechada esta semana en el almacén de la finca de Palma del Río me ha traído a la memoria uno de mis primeros recuerdos de niñez. Tenía yo cinco años cuando viajamos a Mallorca para visitar al tío Juan de Dios, a la tía María José y a los primos Juande y Marta. Blanca aún no había nacido. Se habían mudado recientemente desde Córdoba y fuimos todos a disfrutar de la isla. Cuando eres tan chico, los recuerdos se mantienen gracias a las fotos. Pero el único recuerdo que guardo de aquel viaje y que no aparece en ningún álbum familiar, es de las inmensas montañas de almendras. Parece que todavía las estoy oliendo. Así me impresionaría. 

Me cuenta el tío Juan de Dios que aquellos almendros mallorquines quedaron ya viejos y tuvieron que arrancarse. Hoy es en Córdoba donde cosechamos almendra. Los almendros cordobeses son jóvenes en su mayoría, aunque en un año tan duro como este, algunas parcelas están sufriendo muchísimo. Esperemos que cambie el ciclo del agua para verlos de nuevo en plena forma. 

Mi tío Juan de Dios tiene dos pasiones. La primera, su familia. La segunda Córdoba y su naturaleza. Y cuando viene a visitarnos, que todos los años nos da la alegría, se le ilumina la cara charlando con su familia y amigos cordobeses. Con algunos de ellos va de visita por el campo, ahora transformado en olivares en seto. Y le entran tentaciones de ser pionero en Mallorca y plantar olivar en seto en la isla. Lo tengo casi convencido. Con la ilusión que le pone a todo, a poco que le empuje seguro que se anima. Gracias, tío Juande, por mantener esa ilusión en todo lo que haces. 

Ricardo Aguayo