Todos habréis notado, cuando viajáis por la autovía, lo mal que lo están pasando algunos árboles este verano por la falta de agua. Iniciamos la campaña de riego allá por el mes de mayo con los embalses muy por debajo de su capacidad. Y los acuíferos, aunque no lo apreciemos, también muy disminuidos. 

Así que con las dotaciones que confederación pudo dar nos hemos ido ajustando, podando, priorizando unos cultivos sobre otros, disminuyendo perspectivas de cosecha, aguzando el ingenio, en definitiva. 

Y llegamos a septiembre con los contadores dando sus últimas vueltas, apurando cada riego, estirando la dotación cada semana.

Por eso, cuando hemos visto algo de lluvia en el horizonte de las apps de meteorología hemos respirado esperanzados. 

Un cambio de tiempo ahora, a mediados de septiembre, supone poder guardar la poca agua que nos queda hasta finales de mes, dejar de consumir energía, que nos está agobiando con la maldita inflación, que los almendros empiecen a trabajar para el año que viene, que las naranjas lleguen a su calibre definitivo con más alegría, que los olivos de riego terminen el ciclo haciendo su grasa (tristemente los de secano este año poco van a poder hacer ya). 

Es decir, que el agua de septiembre nos viene aún mejor que el agua de mayo, como dice el refrán. 

Dios quiera que cambie de verdad la tendencia y empiecen las buenas noticias para el campo. Eso sí, que de la sequía no nos olvidemos aunque llueva, que los incendios se combaten en invierno y las sequías, en época de lluvia.