Hemos pasado el mes de agosto al estilo de los agricultores tradicionales cordobeses. A salto de mata entre la playa y el campo. La ventaja es que como no estamos solos, siempre un ojo está puesto en los cultivos. Agosto está muy bien inventado. Todo el mundo acepta que nadie va a llamar a nadie. Al menos en los primeros quince días. Puede que toda la gente a la que llamas a lo largo del año siga trabajando en las sombras, pero parece haber un pacto no escrito en el que nadie llana a nadie. Y si llamas lo haces como disculpándote… ¿no estarás de vacaciones? 

Yo sé que nuestros clientes agradecen que estemos de guardia y de servicios mínimos a la vez. Porque ellos también están descansando. Y lo que menos les apetece es que los llames diciendo que los números del contador de agua de la comunidad van según lo previsto. O que tenemos una avería de riego que la gente de Enrique ya tiene entre manos. O que el abono líquido sigue lejos de bajar su precio. Lo único que esperan de nosotros es una llamada tranquilizadora en el sentido de “todo va bien”. Y si hay algún inconveniente, se ataja, se arregla y se comunica. Pero siempre en positivo. Sobre todo en el mes de agosto. Que para descansar debería estar. 

Pero septiembre ya está aquí. Ricardo y yo debatíamos sobre si el año agrícola empieza el 1 de septiembre o el 1 de octubre. Hay algo de confusión. Porque el año hídrico empieza el 1 de octubre. Y tradicionalmente, San Miguel, para el 29 de septiembre es el fin de la campaña. Pero oficialmente es el 1 de septiembre. López se llevó el gato al agua. Para su querida campiña tiene todo el sentido. Una vez cosechados trigo y pipas, comienzan las labores para preparar la siguiente. También para los almendros, que recién los estamos cosechando. Pero para naranjos y olivos nos pilla en mitad de la campaña. Así que siempre nos hace dudar entre considerar el año agrícola o el año natural para hacer balance. Y vaya si hay que estar atentos a los balances este año, probablemente el más difícil que hayamos conocido en el campo.